PEDIATRÍA Y LUCHA ANTITABÁQUICA: LA MEJOR VACUNA

Toma de posición de PEHSU-Murcia-Valencia. Publicado en Rev Esp Pediatr 2004.


Apaguemos entre todos al tabaco

Los pediatras nos encontramos en una situación privilegiada para abordar la epidemia mundial del tabaquismo. La pasividad en este tema nos hace cómplices del asesino número “1” en términos de salud pública, tanto a escala local como mundial: el tabaco. (17,18) Las muertes por tabaco casi cuadriplican la suma total conjunta de las producidas por accidentes, SIDA, homicidios, suicidios y terrorismo (15,18). Por lo tanto, tenemos más motivos, y deberíamos invertir más recursos, para combatir al tabaco que al terrorismo.

La mayor parte de las patologías asociadas al tabaquismo aparecen en épocas posteriores de la vida, pero debemos considerarlo como una enfermedad pediátrica fundamentalmente por tres motivos: Primero, porque el humo del tabaco afecta adversamente a cada una de las tres etapas pediátricas (fetal, infantil y juvenil). Segundo, porque las enfermedades provocadas por el tabaquismo en adultos se inician subclínicamente en las primeras dos décadas de vida. Tercero, porque el 90% de los fumadores se inician en la adicción antes de los 18 años (19-23). En la Tabla I aparecen reflejadas las principales enfermedades relacionadas con el tabaquismo.

A pesar de que la lucha contra el tabaquismo debe de ser multidisciplinar, dentro del sector sanitario los pediatras ocupan un lugar estratégico y privilegiado para vertebrar y liderar las siguientes estrategias: 1) proteger a la población fetal, infantil y juvenil de las patologías asociadas al tabaquismo pasivo; 2) prevenir el inicio del tabaquismo activo en la preadolescencia y juventud, a través de actuaciones mantenidas y coordinadas con padres y educadores, que deben iniciarse a partir de los 5 años de edad; 3) fomentar, animar y estimular a los padres y familiares de fumadores a la cesación tabáquica; y 4) tratar el tabaquismo activo en los primeros años de adicción juvenil (21,24, 25).

Los profesionales sanitarios tenemos la obligación de participar activamente (la pasividad es complicidad) en las decisiones legislativas, de las comunidades donde vivimos, contra la industria tabacalera para defender el derecho a la salud y proteger especialmente a las poblaciones más vulnerables. Debemos priorizar la salud pública, individual y colectivamente, muy por encima de nuestros legítimos fines lucrativos y corporativistas. Estos aspectos constituyen el fundamento, espíritu, esencia y razón de ser médicos (25,26).

El cambio de comportamiento debe empezar por uno mismo, pues son fundamentales la coherencia, el compromiso y el papel modélico (no fumar o haber abandonado su consumo), para optimizar la prevención del tabaquismo en la consulta de pediatría ( 17).

Además, como pediatras, aún estamos más obligados, pues adquirimos el compromiso de tutelar, vigilar y cuidar a uno de los segmentos poblacionales más vulnerables de toda la sociedad ante las agresiones medioambientales. Por todo ello, debemos implicarnos con mayor entrega, énfasis y entusiasmo en la defensa indisoluble de la salud infanto-juvenil y de la protección de un medioambiente sin humos. Los pediatras tenemos la responsabilidad de implicarnos en iniciativas para reducir y/o eliminar la exposición al humo del tabaco y mejorar la calidad global de vida. Estas responsabilidades derivan del conocimiento de los efectos actuales y potenciales del tabaco sobre la salud. Aunque los profesionales sanitarios disponemos de escasa capacidad legal para controlar las fuentes de riesgo o vectores de enfermedad (la industria tabacalera), tenemos toda la autoridad moral y científica sobre la salud personal y colectiva, para defender y exigir la reducción y eliminación de su consumo. Los pediatras tenemos el deber y la obligación de impulsar las medidas de salud ambiental contra el tabaco como una de nuestras máximas prioridades actuales, para garantizar a las generaciones actuales y asegurar a las venideras un desarrollo sostenible y sano (21, 22, 24).

Hay unos obstáculos para abordar el tema del tabaquismo desde una perspectiva global y preventiva en pediatría. Primero, no se incluye durante la instrucción académica pregraduada. Segundo, durante nuestra formación MIR nos preparan como clínicos para diagnosticar y tratar con gran eficacia, permitiendo disfrutar a corto plazo de unos resultados evidentes. Tercero, las tareas antitabáquicas consumen tiempo y energías, que pueden tener un efecto adverso sobre la actividad asistencial y la relación personal e interprofesional. Real y tristemente los pediatras carecemos de una formación en tabaquismo adecuada, por ello infradiagnosticamos e infravaloramos sus efectos sobre la salud fetal, infantil y juvenil ( 19-21).

Las acciones para solucionar un problema tan complejo requieren una intervención multidisciplinar (escuela, sanidad, políticos...), pero el esfuerzo individual y colectivo de los pediatras es necesario para cambiar la situación actual. Global y gradualmente, el debate y las directrices de la lucha antitabáquica  tienen que salir del ambiente enrarecido de las cumbres de la OMS, las agencias internacionales y los foros académicos, para que los ciudadanos del mundo volvamos a sentir nuestra conexión mutua y nuestra responsabilidad por el bienestar de los demás y poder crear ese ambiente social antitabaco deseado por todos (15).

Cuando cada mañana miles de niños y adolescentes se plantean si iniciarse o no en el consumo de tabaco, la pregunta es sencilla: si nosotros no, ¿quién? y si ahora no, ¿cuándo? Los pediatras no podemos quedar impasibles, estamos obligados a responder a estas cuestiones que comprometen muchos de los aspectos de salud de las actuales y futuras generaciones. 

Es necesario estudiar la industria tabacalera cuando se trabaja en el control del tabaquismo. Comprender a esta industria se convierte en un asunto clave para todo aquel que pretenda alcanzar objetivos en el control del tabaquismo (10, 15).

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